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Abstract

Digna heredera de la narrativa de Mary Shelley, la autora española Pilar Pedraza (Toledo, 1951) ha escrito y publicado una docena de novelas, varios libros de relatos y numerosos cuentos en antologías colectivas, a lo que hay que añadir una serie de ensayos sobre el papel de las mujeres en el arte, cine y literatura, y sobre brujería. Estas publicaciones ensayísticas muestran claramente la concepción del mundo que tiene Pedraza y son un buen correlato de su narrativa, tal como veremos. Su obra de ficción se inscribe dentro de la literatura de terror fantástico o se la define también simplemente como gótica.

Fascinada por la muerte, lo macabro, lo siniestro, lo extraño, lo abyecto, lo híbrido, lo queer, Pedraza propone todos estos elementos en sus ficciones; pero, sin duda, hay un tema que la propia escritora destaca como recurrente: el monstruo. Sus monstruos son polimórficos y, en esa pluralidad, no podían faltar criaturas que recuerdan a la imaginada por Mary Shelley. Por ello, nos centraremos, en primer lugar, en la novela corta Las novias inmóviles (1994), una de las más arriesgadas en lo gótico de la escritora y cuyos personajes están influenciados directamente por los que cobraron vida en Frankenstein o El moderno Prometeo. No importa que el “monstruo” posea aquí una belleza extraordinaria, porque no pierde su condición de tal. Ha sido creado gracias a los conocimientos científicos de su “progenitor”, un sabio loco con reminiscencias también del cine clásico.

Si bien Las novias inmóviles es clásica en su goticismo, ya están en ella algunos de los rasgos que encontraremos en obras posteriores de Pedraza y que se compendiarán en su última novela, El amante germano (2018). Y es en esta donde vemos tanto las semejanzas como las diferencias con la narración de Mary Shelley. La mirada a la muerte de Pedraza es distante e irónica, nunca dada al lamento ni a la autocompasión; incluso hay un cierto regocijo catártico en la afición por lo macabro y lo monstruoso de la escritora española, que no existió (yo diría que no pudo existir) en la creadora británica, marcada por su edad, sus circunstancias personales, sociales e históricas. Pero es que han pasado dos siglos desde Frankenstein y toda una serie de movimientos sociales han subvertido nuestra visión del mundo, entre ellos el feminismo, incipiente a principios del siglo XIX, y, en los últimos tiempos, el pensamiento queer. Además, en El amante germano, la criatura es sobre todo un muñeco erótico, como el que han soñado tantas veces los autores varones desde su imaginario patriarcal, y el amor romántico se muestra como una falacia que lleva a la autodestrucción. Sus personajes repiten, eso sí, la obstinación humana por emular a sus divinidades creando vida. Divinidades, por otro lado, paganas, muy diferentes a las que dominaban el mundo de Shelley.

Aunque Pedraza, al presentarnos sus monstruos, nos habla de la soledad y del desamparo de esas criaturas distintas, estigmatizadas por su otredad, la reivindicación que hace de ellas va mucho más allá de la que pudo imaginar Mary Shelley. Junto con esto, la española reivindica la maldad de ciertos personajes femeninos, asociados a la brujería y lo demoníaco, y evoluciona en sus historias hacia una vitalidad y un goce de los sentidos que no resulta en absoluto incompatible con su pasión por la muerte.

Un análisis comparativo, pues, entre Frankenstein o el moderno Prometeo y las dos novelas de Pedraza resulta muy enriquecedor cuando comprobamos cómo la reivindicación del monstruo dota a esta figura literaria de un potencial profundamente subversivo y transgresor.

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